Paternidad (ir)responsable

Circuito en la provincia de Barcelona

No soy un loco del motor, aunque me gustan las motos más que a un tonto una tiza. Me siento especialmente identificado con lo que escribió T.E. Lawrence en el Troquel sobre un paseo en su moto, una Brough Superior a la que llamaba Boanerges y que se puede leer aquí. De ahí que la Triumph que me regaló hace cuatro años mi esposa también la llame hija del trueno).

Mi Boanerges
Escena inicial de Lawrence de Arabia

Me monté en un kart por primera vez en mi vida el verano pasado, a mis 38 primaveras. Hace unos días estuvimos visitando a la familia en Manresa para presentar a Ana. Aproveché la mañana del 24 de abril para ir a un circuito de karts cercano con los niños. Corrí dos tandas, una con mi hija de 5 años y otra con mi homónimo que acaba de cumplir siete, pero aún no puede conducir el solo. Mi primogénito si corrió las dos tandas en un kart junior. Mandy, que no se atrevió a montar, nos sacó esta foto. Fuimos a tumba abierta. Juan dijo que iba rezando, Montse dijo que no pasó ningún miedo. Fue un gran día.

Hay una delgada línea entre explorar los límites y la imprudencia temeraria. Cuando al día siguiente fuimos a comer a Cal Miliu de Rajadell (un sitio altamente recomendable y donde soy feliz) y los niños decidieron trepar por la colina que hay detrás del restaurante, con riesgo de descalabro no moví un dedo y mis posaderas siguieron pegadas a la silla mientras daba cuenta de un filete, porque para algo se nos asignan ángeles de la guarda.

Se puede argumentar que no lo hice por ser un glotón y un indolente, pero la verdad es que pensé que no hay razón para que los niños no se atrevan a explorar y asumir riesgos (aparte, la escena me recordaba a mi propia infancia y las cárcavas que hay en las bodegas de Fuensaldaña aunque geológicamente son muy distintas de la peña de Rajadell de la que hablo, el riesgo de romperse la crisma era similar).

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