El desierto de los tártaros

Giovanni Drogo contemplaba desde la muralla de la fortaleza Bastianni cómo avanzaba la construcción de la carretera de la que, algún día, acaso se sirvan los invasores del Norte para atacar su república. Giovanni ya tiene 34 años. Aún le quedan unos cuantos años para pasar a la reserva y sigue esperando su momento de gloria.

Recientemente ha recibido una carta de su madre en la que habla de la posibilidad de cambiar de destino gracias a la intercesión de su tío. Ante la perspectiva de un nuevo destino lejos de la fortaleza siente vértigo. Ya conoce todos los recovecos de la fortaleza y a todo el contingente del cuartel. Los conoce tan bien cómo las grietas que había en el techo de su dormitorio en la casa en la que pasó su infancia y que repasaba todas las noches antes de dormir. Contemplar día tras día el amanecer y la puesta de sol desde la fortaleza se ha convertido en un ritual. Aunque sigue albergando la esperanza de que la invasión se produzca, en su fuero interno no deja de cuestionarse si realmente no está perdiendo el tiempo.

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