El crepúsculo del mundo (Werner Herzog)

Hace ya unos meses que lo leí, así que siguen unas líneas de lo poco que me acuerdo. Herzog nos cuenta la historia de Hiroo Onoda, el oficial de inteligencia japonés que continuó luchando en una isla filipina durante tres décadas después de la derrota del Eje (porque no sabía que la guerra había acabado y había recibido ordenes de no rendirse al enemigo bajo ningún concepto).

Es una historia realmente singular y completamente verídica. Es el cumplimiento de una misión llevado a un grado superlativo. ¿cómo se puede soportar 30 años de emboscadura por una isla sin recursos y sin contacto con el mando? No me extraña que a Herzog, que dirigió Fitzcarraldo, le gustara la historia y quisiera conocer al protagonista. Es heroico y a la vez ridículo.

El joven japonés que se propone localizarle en la selva, y que tiempo después fallece mientras trataba de localizar al Yeti en el Himalaya, también resulta fascinante. No sé si forma parte de esa civilización, o es algo característico de la humanidad en general y cómo codifica las historias: tanto en la historia de los 47 capitanes (el joven que se había reído del jefe de los ronin y acaba suicidándose en la tumba de los capitanes) como en la peli de los siete samurais, Kikuchiyo, el personaje que no es un auténtico samurai, acaban envueltos y atraídos por la peripecia principal, convirtiéndose o identificándose finalmente con los protagonistas. Podría decirse que es como un mecanismo de réplica y perpetuación del modelo heroico inicial.

Zero to One (Peter Thiel)

Dos notas rápidas. Éste es el típico libro que me han recomendado y que, sólo por eso, me daba pereza leerlo pero hete aquí que hace poco leía que Peter Thiel dejaba el Consejo de Meta/Facebook para poder dedicarse a la política. En el artículo le describían como un tipo singular: escorado a la derecha, verso suelto de Silicon Valley y muy influenciado por las tesis de René Girard (cosa que ya había leído en el pasado, pero que ahora me interesa cada vez más).

Lo de Girard está claro que es así: habla del mecanismo mimético, de la monarquía y el mito en relación con la figura del fundador de una empresa. Llega a afirmar que una start up que es lo más parecido a la sociedad feudal.

Creo que además, el tipo, aparte de espabilado tiene un bagaje cultural amplio: critica al comienzo del libro con acierto el pensamiento de Robert Nozick y del pelmazo de John Rawls (que tanto gustaba a mi profesor de Filosofía del Derecho) por ser puramente “procedimentales”. Si bien, me parece que obvia o no considera en ningún momento la tradición escolástica que, en opinión de uno, es el único sistema filosófico válido.

Se despacha a gusto con ciertos arquetipos: MBAs, banqueros de inversión y gente del capital privado. Uno que se ha dedicado a eso una buena parte de su vida adulta, se siente especialmente apelado. Tiene bastante gracia el paralelismo que establece entre el nihilismo de Ted Kacynski (Unabomber) y el de los hipsters baristas.

Kaczynski’s methods were crazy, but his loss of faith in the technological frontier is all around us. Consider the trivial but revealing hallmarks of urban hipsterdom: faux vintage photography, the handlebar mustache, and vinyl record players all hark back to an earlier time when people were still optimistic about the future. If everything worth doing has already been done, you may as well feign an allergy to achievement and become a barista.

Es llamativa su crítica de la primera burbuja cleantech. Ahora que la apuesta por el sector por parte de los poderes públicos es patente (véase el plan RepowerEU de Von der Leyen) y ya no se basa en cuestiones determinadas por el consenso de los expertos del IPCC si no que tiene una razón de ser geo estratégica para lograr la “independencia energética”, las críticas que vierte resuenan profundamente.

No creo que haya cambiado sustancialmente la situación descrita en el libro de lo que ahora estamos viviendo respecto a las renovables. No parece que se estén materializando por el momento los cambios tecnológicos que se necesitan, si no puro incrementalismo. Pero bueno, es donde está la pasta y parece que estará los próximos años.

Yo he terminado en el sector por efecto de la Providencia, no por ser una decisión estratégica o especialmente deliberada. Pienso seguir por aquí mientras dure, aunque desde luego, tras este libro a uno le entran ganas de dejar de ser asalariado para hacer algo distinto. Tengo algunas ideas. No creo que sean susceptibles de beneficiarse de los crecimientos geométricos que tanto buscan las iniciativas de corte tecnológico, si no más bien, oportunidades derivadas de la situación demográfica y de la falta de eficiencia en ciertos sectores productivos. En fin, sólo es un idea que aún tengo que aterrizar.

Call sign Chaos (James Mattis)

Coronel Has Another Outstanding Suggestion

Lo leí hace unos meses, así que lo que sigue son las pocas cosas que recuerdo del libro. Se trata de una biografía profesional del General Mattis que abarca una buena cantidad de años y sucesos recientes que han marcado el devenir del mundo: desde la guerra del Golfo hasta su última etapa como Secretario de Defensa durante el gobierno de Trump.

Llama la atención como el espíritu “marine” impregna su forma de actuar y de ejercer autoridad. Los “marines” según él, se caracterizan por ser una fuerza polivalente en la que prima, sobre cualquier otra característica, la iniciativa para llevar a cabo cualquier misión. Así, resulta muy interesante cómo configura la gestión de las tropas: cree que el papel del líder debe limitarse a definir brevemente la misión, y a partir de ahí, dejar actuar al personal según su leal saber y entender para lograr el objetivo propuesto. Tesis que me parece extrapolable a organizaciones empresariales, y que debería extenderse en ese ámbito.

Desde un punto de vista estratégico, adopta el modelo desarrollado por el teórico de la fuerza aérea americana John Boyd, el bucle OODA (Observe – Orient Decide – Act). Su objetivo consiste en romper el ciclo de toma decisiones del enemigo, de ahí su obsesión con el tempo, que considera fundamental para ello y que tan bien reflejaba aquella serie de la HBO sobre la invasion de Irak que produjo el gañan de David Simon.

Es interesante el relato que hace sobre cómo se pergeñó la invasión de Afganistán, a la que caracteriza como una operación anfibia (pues las tropas que invadieron el país partieron de la cubierta de un buque de guerra en el mar de Arabia).

Son numerosas las citas a precedentes históricos de los que trata de extraer lecciones útiles. No extraña en absoluto, pues, que tomara muy en cuenta los escritos de T.E. Lawrence, fundamentalmente Los Siete Pilares de la Sabiduría y de Jean Larteguy para caracterizar el movimiento insurgente, y sensu contrario, establecer los criterios y doctrina contrainsurgente.

En resumidas cuentas, parece un hombre sensato. Simpatizo con él. En el libro viene un anejo con una lista de obras literarias que considera indispensables. Curiosamente, he leído una parte sustancial de ellas. Su opinión sobre la OTAN y sobre la política exterior también es muy interesante, es la visión Yankee por definición. Contrasta con este magnífico artículo de Fernando del Pino.

Me pregunto si se habrá manifestado respecto de la invasión rusa de Ucrania (y lo ha hecho). Desde luego, tras leer el libro, parece bastante claro lo que opina de la salida de Afganistán, aunque fuera en un momento posterior a la publicación del libro (en el que Biden queda como un panoli con una agenda propia, si no recuerdo mal). Me figuro que tiene que sentar a cuerno quemado que una panda de subnormales hagan vano el sacrificio de muchos jóvenes.

No better friend, no worse enemy

Mattis parafraseando a Lucio Cornelio Sila

How to avoid a climate disaster (Bill Gates)

Me entregaron este libro en el pack de bienvenida de la gestora a la que me incorporé hace poco. Sospecho que son pocos los que se han molestado en leerlo, ars longa vita brevis.

A raíz del episodio de Joe Rogan en el que entrevista al Dr. Steven E. Koonin, decidí darle una oportunidad. Condicionado por ese episodio, esperaba una argumentación sólida sobre el calentamiento global antropogénico, pero la realidad es que es un prespuesto del libro, se da por hecho. A partir de ahí, Gates clasifica las actividades humanas y su contribución a los 51 mil millones de toneladas de CO2 que, supuestamente, emite la humanidad anualmente.

Para explicar cómo evaluar las tecnologías alternativas recurre al concepto de “prima verde”, que representaría el coste adicional en que se incurre al emplear una tecnología “verde” respecto de la tecnología actual. Así, propone estrategias para hacer que esa prima se reduzca o sea negativa, de manera que su adopción crezca de forma rápida para conseguir que en 2050 las principales economías sean neutras en términos de emisiones de CO2 equivalentes.

Repasa todos los tópicos habidos y por haber en el sector (desde las baterías, a la captura directa de CO2, pasando por el hidrógeno verde y la necesidad de consumir menos carne y leche). Está escrito con un estilo bastante llano y ligero, incluso contiene de vez en cuando chascarrillos. Esto creo que es más fácil hacerlo en inglés que en español. Con todo, a uno le queda la sensación de cierto paternalismo hacia las naciones menos ricas y hacia el lector, al que de vez en cuando, se le recuerda lo pobre es en comparación con el autor.

La invasión de Ucrania y el encarecimiento del precio de la energía para Europa, han venido de perlas a los que defienden la apuesta por las renovables. No sé cómo se traducirá esta cuestión en términos políticos y legales (instrumentos coasianos o pigouvianos, fundamentalmente), pero no me cabe duda que desde la Comisión se presionará a los Estados miembros para que actúen facilitando la implantación de nuevos proyectos renovables con mayor ahínco, si cabe.

Esta cuestión política/estratégica no ayuda a que nos planteemos seriamente la veracidad de eso que llaman “consenso científico”. Me da cierto pánico que, en nombre de ese consenso, representado por Expertos, se cometan nuevas tropelías en las que los administrados/ciudadanos/sujetos pasivos no tengamos nada que decir. El consenso no creo que sea un criterio epistemológico válido. Los modelos existentes adolecen de un problema difícilmente resoluble/mitigable que es la cantidad y calidad de las observaciones en las que se basan las conclusiones que se alcanzan.

Así, creo que no hay que perder de vista el coste de oportunidad en el que se incurre cuando se decide gastar un euro en una cosa y no en otra. Cuando hablamos de bienes públicos, como es el caso, también debemos reflexionar sobre cómo se utilizan o se protegen esos bienes, y quién está legitimado para hacerlo. En fin, es ésta una cuestión con muchas facetas y donde es difícil tener una idea clara de lo que realmente nos estamos jugando.

Nacho Vegas en el Carrión

Ayer estuve en el primer concierto en vivo al que he ido desde que Micah P. Hinson tocó en el LAVA en el 2012. Ya ha llovido.

Tengo la sensación de que la gente ha quedado bastante tocada por el aislamiento forzoso impuesto. El público, mayoritariamente viejoven, desprendía una melancolía y unos dejes psicopatológicos notables. Los responsables de la sala, obsesionados con la mascarilla, corregían a algunos que se resistían a llevarla puesta, por otra parte bastante mansurrones, pues enseguida obedecían.

Vegas no tiene un repertorio especialmente alegre. Aparte, la selección de canciones y sus propias intervenciones fueron bastante deprimentes (nos habló de la mujer recientemente fallecida que le inspiró no sé qué estrofa y versionó al difunto Prine en asturiano). Excepción hecha de la manifestación de apoyo a Izquierda Castellana perseguida por el “estado español” que fue lo más gracioso del evento al ver las caras del personal preguntándose qué coño decía o de quién estaba hablando. Se echó de menos que se solidarizara con Casado y Levy y sorprendió que no hubiera ningún pronunciamiento sobre la invasion de Ucrania. Por otro lado, no sé de dónde viene esa incapacidad para vocalizar que tienen los artistas alternativos patrios, pero eso es otro cantar.

Su banda era buena (también me hizo gracia la Charo, que durante la presentación de la banda, echó en cara que solo hubiera una mujer en la formación). Creo que la ejecución fue técnicamente pulcra, pero no llegó en ningún momento a dar con la frecuencia natural de resonancia, valga el símil, del público -aparte de las típicas tías pasadas de vueltas de todos los conciertos. Eso y solo eso, es lo que justifica la existencia de la música. En fin, que al terminar, el personal parecía que se iba derecho a la farmacia de guardia para conseguir sus tranquimacines.

Yo me fui a la Mejillonera a por un bocata de calamares, unas bravas y una cerveza para pasar el trago.

Here’s looking at you, kid

No hay que ser un genio, ni siquiera tener una conciencia muy desarrollada para darse cuenta de que la invasión de Ucrania es un atropello. Mi primogénito que no llega a los cinco años, está alarmado por el asunto.

La sensación de miedo y desazón crece cuando lees que Putin también está amenazando a Finlandia y Suecia, si estas naciones solicitan adherirse a la OTAN. Nos pilla un poco lejos, pero la congoja, no desaparece.

Nos hemos pasado de listos. Resulta ridículo tanto aspaviento y tan poca determinación. El principio pacifista que asola esta región nos ha hecho incapaces de contar con el recurso a la fuerza como herramienta disuasoria. Aparte de la confianza ciega en la supremacía norteamericana, mientras, nuestros ejércitos son cada vez menos eficaces, pero adaptan su táctica a la perspectiva de género. Y en Marruecos, el sátrapa se frota las manos.

Uno se plantea: ¿tenemos algo que aportar/exportar? Sólo veo decadencia a mi alrededor. Presumíamos de un sistema democrático que, a la primera de cambio, se ha ventilado para mayor gozo de los que detentan (nótese que digo “detentar”, no “ostentar”) el poder ¿o es que no hemos vivido en un estado de excepción desde hace dos años?

El otro día, volvía en el AVANT de las 19.25. Venían a mi lado dos tipos del PSOE, que llevan en el agio toda su vida adulta. Boomers. El uno, con un cargo orgánico dentro del PSOE, antiguo secretario de estado de algo en lo que no hubiera que trabajar mucho, preocupado por sus cuentas de Twitter. La otra, que luce un cargo en el partido socialista europeo, preocupada porque “Albares quería que fuera a Ucrania”. Comentaron, sardónicamente, el fratricidio de Casado, con media sonrisa, como si en su partido no hubieran vivido nunca esas luchas intestinas (no habrán leído el Manual de resistencia de Perro Snchz).

Aquí, la ley provoca y ampara que los partidos políticos funcionen como auténticas mafias, en las que medran infraseres, como mis compañeros de viaje, capaces de todo, menos de buscar el bien común.

En fin, ayer en alguna plataforma de streaming volví a ver Casablanca. Here’s looking at you, kid.

Three uses of the knife (David Mamet)

Es un ensayo breve pero enjundioso en el que Mamet desarrolla una teoría sobre el drama. Sostiene que tiene su origen en el hecho religioso, aunque está separado del mismo y tiene una existencia autónoma.

Sostiene, asimismo, que es un mecanismo que exige al receptor suspender su presunta racionalidad para que el drama opere.

Lo distingue, también, de la publicidad, que consiste en convencer a la audiencia de las bondades de un producto o servicio, que si realmente fuera necesario, no necesitaría un presupuesto de marketing.

En fin, a pesar de la brevedad, Mamet se despacha a gusto. Hace poco le entrevistaban en el Guardian. Tiene pinta de ser un señor al que ya le importa poco lo que puedan decir de él, si no, es difícil de entender un discurso tan libérrimo y absolutamente contrario a la corrección y dogma contemporáneo.

* * *

A one-hour flying visit to the Louvre is not an experience of Art (it barely even qualifies as «Art Appreciation», that scholastic nonsense of my youth). Now consider a museum with millions of «experiences» and those not masterpieces but advertisements. That is what we find on the seven hundred channels of video.

What right-thinking individual would spend hours, hours every evening, watching advertisements? Is it not clear that a product which must spend fortunes drawing attention to itself is probably not one we need?

In watching the television, in buying the product, we endorse the expenditure, we silently worship the idea of wealth, the idea of a state beyond strife–like the commoner who is unable to stop calling the duchess «My Lady.»

We will not encounter art in information any more than we will find love in the arms of a prostitute. And we know it. Information, the destructive countervailing force, travels under the mantle of art, or its more humble simulacrum, entertainment, as rapine and pillage go by the name Lebensraum or Manifest Destiny or the Monroe Doctrine.

We are, in the grip of this phenomenon, entering a new dark age. The information age is centralizing knowledge, rendering it liable to despotic control. We can write letters and deliver them by hand. If, however, we comunicate only over the phone lines, the flip of one centralized switch renders us isolated.

Similarly, if «information» is centralized in government-controlled «computer banks,» liable to power outage or any electronic mishap, might one not intuit that, yet again, the culture is voting for/being impelled explain their power over us by fervently advocating them, by defining their unquestionable, irresistible power as financial cornucopia and, by extension, as «good.»

In entertainment, we, as a culture, change from communicants to consumers. We become like the terrible supermarket test groups so beloved of the Hollywood minds: empowered judges, accountable to no one, passing on each moment of each presentation–thumbs up or thumbs down.

We publish the grosses of motion pictures as news.

Might we not next publish the current quote of paintings, to assure us of our correctness in granting them a moment of our time? To a certain extent, we already do this by sticking them in a museum.

The demand of immediate gratification is death for any art which takes place over time. That the audience be teased, disappointed, reassured, frightened, and finally freed is the essence of dramatic/musical form. It has to take place over time, and it must contain reversals. And the greater the art the more upsetting, provoking, «dramatic» those reversals are–it is only, and necessarily, garbage that «makes us feel good all the time.»

A G minor IIth means nothing in itself. It’s a jumble of notes. Even given a key of B flat, it means little more. We don’t know what it «means» until we hear its place in a particular composition.

Just so with the phrase «I love you,» just so with the «recognition scene» or the » death scene.» A temporal art demands the attention of the individual over time-an individual content to be piqued, to doubt, to be misled, to mourn, to, finally, consign herself to a process.

In this process the viewer goes through the same journey as the protagonist–which is, by the way, the same journey as the author.

Just as comercial pabulum reduces all of us (the creator, the «producer,» the viewer) to the status of consumer slaves, so dramatic art raises the creators and the viewers to the status of communicants. We who made it, formed it, saw it, went through something together, now we are veterans. Now we are friends.

How different from the drugged individuals sitting in front of flickering television screens, trying to explain the lunacy of their activity to themselves by calling it entertainment or «becoming informed.»

(pp. 58-61)

El fondo de la botella (Georges Simenon)

Esta novelita ambientada en algún momento del siglo XX en la frontera de México y Arizona, contrasta notablemente con las de Cormac McCarthy, pues es una sucesión continua de diálogos y soliloquios. McCarthy tiende a ser “ultralacónico”.

Esaú y Jacob, Caín y Abel. Cruzar la frontera cuando el rio ha crecido por las tormentas veraniegas, mientras una partida de rancheros persgiue al fugitivo, hermano del narrador. El narrador tiene un gran concepto de si mismo, es bastante auto indulgente, y en eso, creo que todos nos podemos sentir identificados. También es cierto, que si no, es difícil poder avanzar y no caer en una depresión de caballo. La muerte nos redime.

Hasta ahora, no había leído nada de Simenon. El tipo resulta que anduvo mucho por La Rochelle y alrededores, al parecer, tiene alguna novela ambientada en el Café de la Paix de la Plâce Verdun. Esa ciudad y sus alrededores me parecen un sitio muy agradable.

El final del affaire (Graham Greene)

Ed. Vintage Classics

La peli de Neil Jordan está bastante bien, pero omite o difumina uno de los personajes que, siendo secundario, hace que la película pierda cierto elemento trascedente. Me refiero a Smythe, el racionalista.
Me recuerda a Hazel Motes, el protagonista de Sangre Sabia de Flannery O’Connor, pues en el fondo ambos son testigos y objeto de la Gracia.
La mera existencia de ateos, presupone la propia existencia de lo que pretenden negar.
Por lo demás, uno se identifica, si quiera parcialmente, con la actitud obsesiva de Bendrix. También, sospecho, que algo del pelmazo y anodino Miles tengo. Al final, uno no deja de ser un oficinista dedicado a problemas que poco o nada tienen que ver con el Reino de los Cielos.

Estando a las puertas de una guerra en Ucrania, estado asociado a la UE, creo que, como entonces, estamos a las puertas de un conflicto mayor. La diferencia es que ahora, la pugna no es entre opciones políticas radicalmente opuestas. Los estados en liza, todos, se rigen por la economía de mercado. El experimento de la UE ha sido satisfactorio en lo que a mantener la paz en Europa occidental se refiere, ahora, adolece de ciertos defectos que hacen plantearse la necesidad de centrar el tiro de nuevo.

Cuando estudiaba Comunitario en la facultad, tenía la impresión de que era el mal menor: es preferible que unos funcionarios en Bruselas te priven de decidir sobre en qué se gasta el erario, que que lo hagan los cenutrios locales, que sólo se dedican a fortalecer sus redes clientelares para no perder el coche oficial.

Los cenutrios locales, diez años después siguen estando ahí. Alberto Casero, el diputado del PP, como caso paradigmático. Uno sospecha que Cesare Lombroso, el padre de la crimonoloigía, no andaba descaminado. Un tío con cara de tonto, es muy posible que sea tonto.

Ahora, los cretinos de la Comisión han optado por imponer políticas absurdas que nada tienen que ver con nuestra tradición y nuestras instituciones. Estamos en el peor de los mundos. Rodeados de cenutrios.