
Houellebecq me parece uno de los escritores más interesantes y con la mente más preclara de entre los contemporáneos. Aparte, la peli sobre su secuestro y la continuación que hizo con Depardieu, son un deshueve existencialista.
Me lo he leído estas últimas vacaciones, cuando estaba en Charente-Maritime, consiguiendo un grado superlativo de inmersión en la historia, a pesar de que me compré la edición española electrónica, pues no me veo con fuerzas de leerlo en el original.
Esta novela no me ha parecido tan brillante, ni me ha resultado tan impactante como “Ampliación del campo de batalla” o “Las partículas elementales”, o incluso “Sumisión”, si me apuras. Con todo, está bien.
Dentro de la narración pueden distinguirse dos tramas, una “macro” o de nivel político, y otra “micro” en torno a la familia del narrador. Está ambientada en el futuro próximo (de hecho, hay referencias a Matrix y a Carrie Ann-Moss, que a uno le hacen darse cuenta de que ya no es tan joven).
La trama “macro” incluye una conspiración neo-ludita que busca subvertir los pilares del mundo contemporáneo: mediante sofisticados ataques informáticos y ataques terroristas se golpean los símbolos sobre los que se asienta la sociedad: la logística, la reproducción asistida, el leviatán estatal, y la fe en el pogreso (sic) tecnológico, con el intento de atentado contra una especie de Peter Thiel.
El nexo con la trama “micro” pasa por el trato degradante que se dispensa a los ancianos y enfermos en la red asistencial del estado francés. Se nota que Houellebecq ha sido, sin ser una persona especialmente cristiana, una de las voces más críticas con las leyes que favorecen la mal llamada “eutanasia” en Francia.
Lo cierto es que está claro que no es necesario ser cristiano para defender la inmoralidad objetiva y manifiesta de estos “derechos positivos”.
La miope fe en el progreso tecnológico, nos lleva a estas situaciones degradantes y de pérdida absoluta de libertad: el modelo de negocio de las plataformas que no es más que una forma novedosa de crear una clase trabajadora paupérrima (pienso en los riders o los chofers de Uber and the like) pero con sus buenas dosis de soma en forma de series y producciones chorras en Netflix and the like, o la mismísima ampliación del campo de batalla a escala siderales propiciada por las apps de ligue.
Las familias y los individuos están doblemente sometidos al capital y al Estado. El Estado ya no se mide por la Justicia. Ha devenido la pesadilla de Terminator: una especie de inteligencia artificial que ha tomado conciencia propia y quiere someter a la humanidad. En fin, esto es desquiciante.