
Me compré la edición de bolsillo de a cinco Merkels que vendían en un kiosko de la estación de Chamartín en junio, después de haber estado comiendo en uno de mis restaurantes favoritos de Madrid con un buen amigo que vive en Dubai y que estaba de paso. Este amigo es centroamericano, vino a España a estudiar ingeniería, y coincidimos en el Colegio Mayor. Es de las persona más inteligentes y con más capacidad que conozco, y de lejos, de las personas que más aprecio y a la que considero un buen amigo.
En la comida estuvimos hablando de todo un poco, y de poco un todo. Entre otras cuestiones, estuvimos hablando de Peterson, del que todavía no había leído nada, pero al que ya había visto en el podcast de Joe Rogan, así que me animé a leerlo.
En cierta forma, me recuerda a “el Criterio” de Jaime Balmes, aunque el estilo de Peterson es más dialéctico y deslabazado que el de Balmes. Raya en el gnosticismo, pero encuentro que es una lectura interesante, pues repasa cuestiones, de las que creo que todos tenemos intuiciones o hemos experimentado en la vida, pero que conviene tener presentes (sobre todo cuando se es responsable de jóvenes larvas).
Siempre he tenido una noción negativa de la psicología como disciplina, pero esta percepción está cambiando, después de haber leído algunas piezas y asistido a algunas clases de Arthur C. Brooks y en parte, también, por la lectura de este libro. Creo que pone de manifiesto realidades de nuestra propia naturaleza que no conviene ignorar.
Por lo demás, Peterson es un tipo polémico, Youtube está plagado de videos suyos tratando toda clase de cuestiones. Es un crítico feroz del “wokismo”. Sin duda, se le podrá tachar de extravagante o incluso de histriónico. Hasta ahora había evitado leerle pues creo recordar que hubo una época que al sector liberalio y al fantoche de Arcadi, les parecía un genio total. Por desgracia, este tipo de opiniones generan una reacción en mi sistema inmunitario mucho más fuerte que cualquier producto de Moderna o Pfizer, no obstante, esa conversación con mi amigo, fue suficiente para vencer la resistencia inoculada.