
Ayer estuve en el primer concierto en vivo al que he ido desde que Micah P. Hinson tocó en el LAVA en el 2012. Ya ha llovido.
Tengo la sensación de que la gente ha quedado bastante tocada por el aislamiento forzoso impuesto. El público, mayoritariamente viejoven, desprendía una melancolía y unos dejes psicopatológicos notables. Los responsables de la sala, obsesionados con la mascarilla, corregían a algunos que se resistían a llevarla puesta, por otra parte bastante mansurrones, pues enseguida obedecían.
Vegas no tiene un repertorio especialmente alegre. Aparte, la selección de canciones y sus propias intervenciones fueron bastante deprimentes (nos habló de la mujer recientemente fallecida que le inspiró no sé qué estrofa y versionó al difunto Prine en asturiano). Excepción hecha de la manifestación de apoyo a Izquierda Castellana perseguida por el “estado español” que fue lo más gracioso del evento al ver las caras del personal preguntándose qué coño decía o de quién estaba hablando. Se echó de menos que se solidarizara con Casado y Levy y sorprendió que no hubiera ningún pronunciamiento sobre la invasion de Ucrania. Por otro lado, no sé de dónde viene esa incapacidad para vocalizar que tienen los artistas alternativos patrios, pero eso es otro cantar.
Su banda era buena (también me hizo gracia la Charo, que durante la presentación de la banda, echó en cara que solo hubiera una mujer en la formación). Creo que la ejecución fue técnicamente pulcra, pero no llegó en ningún momento a dar con la frecuencia natural de resonancia, valga el símil, del público -aparte de las típicas tías pasadas de vueltas de todos los conciertos. Eso y solo eso, es lo que justifica la existencia de la música. En fin, que al terminar, el personal parecía que se iba derecho a la farmacia de guardia para conseguir sus tranquimacines.
Yo me fui a la Mejillonera a por un bocata de calamares, unas bravas y una cerveza para pasar el trago.