
La peli de Neil Jordan está bastante bien, pero omite o difumina uno de los personajes que, siendo secundario, hace que la película pierda cierto elemento trascedente. Me refiero a Smythe, el racionalista.
Me recuerda a Hazel Motes, el protagonista de Sangre Sabia de Flannery O’Connor, pues en el fondo ambos son testigos y objeto de la Gracia.
La mera existencia de ateos, presupone la propia existencia de lo que pretenden negar.
Por lo demás, uno se identifica, si quiera parcialmente, con la actitud obsesiva de Bendrix. También, sospecho, que algo del pelmazo y anodino Miles tengo. Al final, uno no deja de ser un oficinista dedicado a problemas que poco o nada tienen que ver con el Reino de los Cielos.
Estando a las puertas de una guerra en Ucrania, estado asociado a la UE, creo que, como entonces, estamos a las puertas de un conflicto mayor. La diferencia es que ahora, la pugna no es entre opciones políticas radicalmente opuestas. Los estados en liza, todos, se rigen por la economía de mercado. El experimento de la UE ha sido satisfactorio en lo que a mantener la paz en Europa occidental se refiere, ahora, adolece de ciertos defectos que hacen plantearse la necesidad de centrar el tiro de nuevo.
Cuando estudiaba Comunitario en la facultad, tenía la impresión de que era el mal menor: es preferible que unos funcionarios en Bruselas te priven de decidir sobre en qué se gasta el erario, que que lo hagan los cenutrios locales, que sólo se dedican a fortalecer sus redes clientelares para no perder el coche oficial.
Los cenutrios locales, diez años después siguen estando ahí. Alberto Casero, el diputado del PP, como caso paradigmático. Uno sospecha que Cesare Lombroso, el padre de la crimonoloigía, no andaba descaminado. Un tío con cara de tonto, es muy posible que sea tonto.
Ahora, los cretinos de la Comisión han optado por imponer políticas absurdas que nada tienen que ver con nuestra tradición y nuestras instituciones. Estamos en el peor de los mundos. Rodeados de cenutrios.