Y así, queridísimo tito Escrutopo, envuelto en patochadas de apariencia científica, he conseguido montar un estado de alarma mutante que permite todo tipo de experimentos de control social con el pueblo acogotadito. Primeramente, se le concedió la limosna de que sus hijos pudieran ser paseados, en trato de igualdad con los perros; y ahora aguarda expectante que lo dejen echar una carrerita, como a un perro al que se le afloja la correa. Para disfrutar de este momentazo gregario, tu sobrinito Orugario se acaba de embutir un disfraz de súcubo siliconado, con top melonero y mallas apretonas, de las que hacen sudar entre las peñas feroces, para tentar a todos los españolitos que salgan a corretear, impetuosos como miuras tras el encierro; y, a poco que arrimen cebolleta, les voy a pasar un cargamento coronavírico de magnitudes atómicas. En un par de días, volveré a escribirte, dilectísimo tito, para contarte mis aventuras trotonas; y, de paso, te revelaré cuán importante es la idolatría científica para nuestros propósitos.
J.M. de Prada “Cartas del sobrino a su diablo (V)”